El conductor del coche puso de nuevo la sirena. Por Dios, ¿de verdad era necesario? Parece que sí, porque los agentes que iban en el coche no dudaron un segundo en actuar como si aquello fuera una película y yo fuera una delincuente altamente peligrosa con problemas psíquicos y episodios agudos de esquizofrenia acompañados de pequeños y periódicos ataques de epilepsia notablemente preocupantes.
Mentiría si dijera que no estaba asustada. Es más, mentiría mucho, mucho, MUCHO si afirmara que no estaba muy asustada. Si fuera Pinocho, la nariz me crecería kilómetros y kilómetros si dijera que no me estaba acordando en aquél preciso instante de todos y cada uno de los familiares (muertos y vivos) de los policías que me detuvieron, de todos los momentos previos a mi detención, de lo que me dejaría sin hacer si iba a la cárcel, e, incluso, de la cara de mi novio, pues no estaba segura de si la iba a volver a ver algún día. Y, por supuesto, ¡me acordaba de mi perrita Patty! Pobre, ¿ahora quién le iba a dar de comer? Nota mental: decir a mamá que cuide de Patty en la llamada a la que supuestamente tengo derecho.
Pronto llegamos a comisaría y el agente rancio misteriosamente mudo me abrió la puerta del coche y me volvió a coger de la cabeza y el brazo como a una muñeca de trapo. Persistí en mis quejas, aunque sabía que no iban a servir para nada. Esposada, aturdida, ridiculizada, sorprendida y en estado de shock, fui dirigida hacia lo que parecía una sala de interrogatorios. Puestos en el mundo cinematográfico, esperaba y deseaba que me tocara el poli bueno.
Me abrieron la puerta y me sentaron en una silla frente a un escritorio amplio, de madera y bastante viejo. Creo que incluso estaba cojo. La sala era algo oscura, y estaba iluminada por un flexo grande y prominente. Cada vez me convencía más la idea de que aquello era una película y yo no estaba enterada del guión. Interrumpiendo mis pensamientos, la puerta se volvió a abrir y entraron dos agentes. El bueno y el malo –pensé-. Supuse que el malo sería el de la barba cerrada, ceño fruncido y cara de pocos amigos; y que el bueno sería el joven alto y de ojos claros, que me dirigía miradas de complicidad durante su entrada en la habitación.
Esperaba que el poli malo me cegara con la luz del flexo y empezara a escupir gritos acompañados de diversos salivajos hacia mi rostro, pero, sorprendentemente, no fue así. Aunque la hostilidad no se la quitaba nadie al siniestro agente.
- Buenos días, señora Logan.- dijo el poli malo.
- Buenos días, señor agente. Si no le importa, agradecería que dejaran de llamarme de usted y comenzaran a tratarme como una persona de veintidós años, que es lo que soy.
- Disculpe, señorita Lucy Logan.- el “señorita” lo dijo con tanto retintín que incluso habría preferido que me llamara vieja pelleja a la cara durante toda la eternidad.- Ahora se nos vuelve sensible la criaturita…- le susurró a su joven compañero.
- Perdone, ¿decía usted?
- Aquí hago yo las preguntas.
- ¿Y su compañero no? ¡Pobre de él! Debe de dejar de acaparar todo el poder, agente Smith.- le leí el nombre en la placa-.
El otro agente, cuya placa no podía leer desde mi posición, se sonrió un poco ante mi desvergonzado comentario.
- Eh… Claro, claro, el agente Fisher también hace preg… ¡No me líe!
- ¡Entonces dígame de qué se me acusa!
- Oiga, ¡tranquilícese y háganos caso de una vez por todas!- espetó Smith
- No, no me tranquilizo. ¡No puedo tranquilizarme! Esta mañana un grupo de sus insensatos hombres ha invadido mi calle como si estuvieran en medio de una persecución, me han arrestado sin darme ninguna explicación, me han tratado como a una loca y peligrosa delincuente; y ahora me traen aquí con un policía que no deja de gritarme y otro que no dice nada… ¡Y sigo sin saber por qué no estoy en mi casa, sentada en mi sofá con mi perra y viendo mi televisión, en vez de estar aquí en mitad de un interrogatorio que no parece llevar a ninguna parte! Pues mire usted, Mr. Smith, perdóneme, ¡pero NO ME DA LA GANA DE TRANQUILIZARME!- grité desesperada. No sé lo que me pasó, necesitaba soltarlo. Acto seguido y sin previo aviso, comencé a llorar. Perfecto. Más ridiculización, gracias.
- Eh, vale, vale.- intervino el agente Fisher. Por fin le escuchaba hablar- Por favor, cálmese. En seguida le diremos de qué se le acusa, nos responderá a unas preguntas y ya veremos lo que pasa. Pero antes, debe calmarse. ¿Quiere un poco de agua?- me preguntó. Tenía una voz cálida, tranquilizadora, agradable.
- Por favor…
Bebí agua, me tranquilicé y continuamos con la estúpida escenita.
- Está bien- comenzó Smith-. Se la acusa de asesinato, señorita Logan.
La palabra asesinato provocó un efecto bastante chocante en mí. Más bien, me dejó en estado de shock. Fue una sensación imposible de explicar, parecida a como si se me cayera todo el mundo encima. ¿Asesinato? ¿ASESINATO? Dios mío… Aquello tenía que ser una broma de muy mal gusto. ¿A-S-E-S-I-N-A-T-O? Cuanto más la pensaba más estúpida me parecía la idea. Socorro… - pensé-.
O.O flipanteeeee. Quiero mas juu
ResponderEliminarjajaja ya está la última parte! :3
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