19.7.11

Realidades aparentes, libertades anheladas

El siguiente relato no es real, es fruto de la retorcida y extraña imaginación de su autora. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Cabe destacar que todos los personajes, hechos o lugares (menos algún que otro lugar, mi imaginación no llega a tanto) mencionados en la historia son completamente ficticios.

Atención: la lectura de este relato puede provocar diversas afecciones mentales parecidas a las que padece la personita que está escribiendo esto ahora mismo. Así que tengan cuidado, a partir de aquí continúan bajo su responsabilidad. Quedan avisados. Mucha suerte.
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Parte I: Police is very, very noisy. Help wanted!

Nunca sabré por qué la policía monta la escandalera que monta cuando se dispone a detener a alguien. ¡Serán ganas de que todo el vecindario se acerque a cotillear y hacer juicios de valor sobre el presunto violador/ladrón/asesino/encantador de perros ilegal/traficante de gominolas con una composición misteriosamente alterada/qué sé yo! Nota mental: proponer a los señores agentes que quiten el heroísmo, las sirenas, los coches patrulla, las porras y los fusiles de precisión a las detenciones; son más propios de películas de acción que de la vida real.

Así es, la policía es muy poco discreta cuando hace su trabajo. Y lo pensaba con casi toda seguridad mientras me tomaba mi café y mi cruasán del desayuno.

Cuando me acabé el café y en el plato del cruasán tan solo quedaban migajas, apagué la televisión y me levanté de la mesa. Entonces, mi calle fue invadida por tres coches patrulla con las sirenas a toda pastilla, corriendo si tenían que correr. ¡Vaya!- pensé- pobre de aquel presunto violador/ladrón/asesino/encantador de perros ilegal/traficante de gominolas, va a ser objeto de una detención heroica y de un buen montón de cuchicheos, miradas de soslayo provenientes de amas de casa con el delantal puesto y sin muchas cosas que hacer, y más y más cuchicheos. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa cuando caí en la cuenta de que los coches patrulla iban dirigidos hacia mi apartamento. La policía me estaba buscando. A mí.

Como no soy la rubia, esbelta y bien peinada protagonista de ninguna película de acción, no huí de casa por la ventana del baño del piso de arriba protegida por una cuchara de plata, la mejor arma que hay sin duda alguna. Tampoco utilicé mi Desert-5 con el cable de alta tensión que cruza la calle de atrás a modo de tirolina. Y de ninguna de las maneras cogí mi AK-47, mi escopeta semi recortada y mi fusil de precisión (sí, todo a la vez) y me puse a pegar tiros como una desquiciada. Simplemente mantuve la calma, me compadecí de mí misma en mi fuero interno y me dirigí hacia la puerta. Me adelanté a los agentes y les abrí, antes de que ellos pudieran forzar la entrada o algo parecido.

- Buenos días señora - dijo uno de los agentes. Vaya, ¿SEÑORA? Nota mental: proponer a los señores agentes que no llamen señora a una muchacha de veintidós años.- Tenemos órdenes de arrestarla.

- ¿Perdón? ¿De qué se me acusa?

Antes de darme explicaciones, decirme algo con sentido o simplemente hablar como las personas civilizadas, comenzó a esposarme. ¡Hombre, por favor! ¡Esas no son formas!

- Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene derecho a consultar a un abogado…

- ¡Pare! Ya me lo conozco. Oiga, por favor, ¿me puede decir de qué se me acusa? – le rogué, absolutamente desesperada y algo ruborizada, puesto que ya había una multitud de vecinos ansiosos de tener algo de lo que hablar en los próximos milenios de su aburrida y anodina vida. Mientras yo me ridiculizaba ante todo el barrio, el policía seguía en sus trece y ya había comenzado a empujarme hacia el coche patrulla.- ¡Quiere usted dejar de tratarme como si fuera una muñeca de trapo! ¡Buen hombre, le estoy hablando!

- No siga, no servirá de nada. No estoy autorizado para hablar.

- ¿Tan difícil es decirme qué ley he infringido? ¿No he recogido la caquita de Patty? – mi perrita- ¿Me he saltado un ceda el paso cuando iba a comprar el pan? ¡¿No le he dado propina al cartero?! Criatura del Señor, por favor, ¡usted tiene oídos y me está escuchando, y cuerdas vocales y puede hablar!

- Tranquilícese.

Acto seguido, me metió en el coche de policía. Aquella fue la última palabra que oí salir de la boca de aquel rancio agente de la ley.




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