3.6.11

Un cuento cualquiera

Si aprecian sus ojos, su integridad psíquica y mental; y, sobre todo, su vida, se recomienda no leer el siguiente relato. La autora no se responsabiliza de posibles ataques de amargura desmedida, lisonjeras depresiones, preocupantes ataques epilépticos o cualquier otra afección que pueda sufrir el lector. Quedan avisados, si siguen leyendo, acabarán to' pochos. De verdad. ¿Continúan? Suerte.


'Un cuento cualquiera'

Aún eran las ocho de la tarde cuando decidió irse a casa, después de dar una de sus charlas esperanzadoras y llenas de vitalidad, grandes contrastes si se tiene en cuenta su ya avanzada edad, su pronunciada vejez, sus marcadas arrugas y su rostro bonachón, amable, despreocupado. Desde siempre había considerado la vida como un cuento. La había basado en una simple metáfora, recurso literario por excelencia, en la que comparaba su existencia con un relato. Un relato con presentación, nudo y desenlace bien definidos. Al fin y al cabo, es una buena forma de entender y simplificar el concepto de vida, complejo y engorroso donde los haya.

A todo el que le preguntaba, en cada charla que daba, aseguraba siempre lo mismo: la vida es un simple cuento, en el cual naces porque has de hacerlo, y, a partir de ese momento, comienzas a tejer tu historia cual araña su tela. Puedes elegir un cuento romántico, de ciencia ficción, de misterio, policíaco, dramático, una divertida comedia o, incluso, tienes la posibilidad de hacer un interesante popurrí de todos ellos, dependiendo de lo que te pida el cuerpo. Una vez elegidas las bases, no hay reglas; tan sólo una: debes vivir al máximo. Todo el tiempo que transcurre desde que elegiste tu historia hasta casi el final de ella, componen el nudo. Se presentan problemas, los resuelves ,te enamoras, te parten el corazón, lloras, ríes, viajas, estudias, suspendes, ganas la lotería, lamentas la muerte de un ser querido, haces amigos, los pierdes, te gradúas en psicología, haces un máster, opositas para policía, das la vuelta al mundo en ochenta días (siguiendo los pasos de tu ídolo Phileas Fogg); o, si así lo deseas, te internas en el centro de la Tierra, sin preocuparte de las altas temperaturas de su núcleo (en esta ocasión te basas en las novelas de tu escritor favorito, Julio Verne); defines tus gustos, enfermas, te curas, saltas, recoges flores, te fracturas un hueso, resuelves dos asesinatos, te haces profesor, pataleas, nadas, haces cincuenta largos y te echas una larga siesta sin importarte tu olor a cloro, duermes, disfrutas, cantas, hablas, juegas, clasificas plantas, VIVES. Todo un abanico de posibilidades a tu disposición, esperando a que tú alces un dedo y, con el poder que te ha otorgado tu mente, elijas el que te venga en gana. Simplemente has de preocuparte de la norma principal (y única, por cierto): vivir. Al máximo, a ser posible.

Una vez has hecho todo lo que has querido y podido, una vez has conseguido inventarte el popurrí más ingenioso de temas para tu cuento y lo has llevado a cabo como el mejor escritor de cuentos que haya, podrás decir que has vivido. Me creas o no, la vida es un cuento, y el proceso de vivir equivale a todas y cada una de las líneas que has escrito para tu relato.

Cuando puedas decir que has vivido, habrás acabado con el nudo de tu historia. Entonces, amigo, no habrás de lamentarte, pues, si bien se acerca el desenlace, podrás asegurar que has cumplido la regla de oro: has escrito el mejor de los cuentos y éste será recordado como tal. En ese preciso instante, cuando te cerciores de todo ello, habrás acabado la larga tarea de tu vida, querido escritor, y el desenlace estará llegando por fin. No te preocupes, tu historia sólo acaba de comenzar a conocerse, lo único que ha ocurrido es que acaba de salir al público tras su larga edición.

Solía esperanzar mucho a todas las personas que acudían a sus charlas, pero él, humilde y bueno como era, decía que esa era su simple forma de pensar; y que si trasmitiéndola podía ayudar a otros, estaba encantado de su labor.

Como he dicho antes, apenas eran las ocho de la tarde cuando llegó a su hogar. En él le esperaban su cómodo sillón, un vaso de leche caliente y reconfortante, y una chimenea deseosa de caldear el salón y todo lo que se le pusiera por delante.

Cuando el viejo se sentó en su sillón frente a la chimenea sosteniendo su vaso de leche en la mano derecha, comenzó a pensar sobre la historia de su vida, el cuento que con tanto trabajo él había escrito. La verdad era que había cumplido la regla de oro: había vivido al máximo, pero le apenaba dejar de escribir. Al fin y al cabo, lo único que había hecho en su vida había sido relatar su propia historia, pero no tendría la ocasión de verla salir al público.

Pasado un rato, al mismo tiempo que el fuego comenzaba a extinguirse y tan sólo quedaban ascuas rojizas en la chimenea, un estruendoso ruido rompió el ambiente de paz que allí había. El vaso había caído al suelo, dejándolo todo lleno de cristales y manchando la alfombra con la poca leche que aún quedaba. El viejo tenía los ojos cerrados, no había indicios de que respirara. Era lo único que le quedaba. Descansar. Para siempre.

Su último pensamiento le causó la expresión de horror que quedó grabada en su rostro, ahora frío, inmóvil, sin vida. Antes de poner punto y final a su relato, el viejo cayó en la cuenta de que todo no era como él creía; y es que en ocasiones su historia se veía regida por algo, completamente desconocido para él. Cayó en la terrible realidad de la gran mentira en la que había vivido, o en la que había basado sus historias.

Alguien de naturaleza desconocida dictaba las líneas que él escribía, las acciones que él realizaba. Ponía en su boca las palabras que él iba incluyendo en su historia, controlaba su trabajo. Se cercioró de que, fuera quien fuera aquél ser, se trataba de un escritor como él, y estaba relatando el cuento de su existencia, la historia que él creía que estaba realizando con el esfuerzo de toda una vida. Es más, alguien estaba dirigiendo su vida. Alguien fue en algún momento su creador, alguien estaba acabando con él en aquél mismo instante.

¿Que cómo lo sé? No nos centremos en preguntas absurdas. Simplemente habréis de saber que el viejo, lo único que hizo, fue escribir su historia tal y como él quiso, y el desenlace llegó en el momento en el que debía llegar. Él simplemente había acabado un cuento, su cuento.

Y yo, también.

1 comentario:

  1. Guau, no me acordaba de este maravilloso y embaucador relato.
    Espero que tu tampoco te olvides de este relato y escribas más.
    Gracias por conseguir captar la atención del lector y hacernos vivir historias como estas. Gracias por hacer que mi imaginación me meta en la historia y observe a los personajes con todo lujo de detalles.
    Gracias

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