Vacío.
Es imposible. Es imposible vivir así, vivir con esta sensación de vacío en el interior. Es como si me faltara el corazón, o los pulmones, o el estómago, o... todo.
O nada.
Help! I need somebody. Help! not just anybody...
Marian no podía sonreír. Era como si tuviera la boca petrificada, y solamente la pudiera usar para poner ridículos pucheros o para hablar de lo desgraciada que era. Nunca, nunca, inclinaba las comisuras de sus labios hacia arriba. Era imposible.
La gente se solía preocupar por Marian, pero Marian lo único que podía hacer era intentar sonreír y dar abrazos. No articulaba palabra. ¡Pobre de Marian!
- Marian, ¿qué te pasa? Estás como... apagada.- Le solían preguntar sus compañeros.
Era cierto, no había forma mejor de describir su estado: era como si la hubieran desconectado, y como si alguien hubiera escondido meticulosamente el botón de encendido en el interior de su corazón. Pero Marian no lo encontraba, no tenía capacidad para hacerlo: su corazón estaba petrificado, como su boca. Quizá su corazón mandara sobre su boca, lo que explica que no pudiera sonreír.
- Nada, no es nada. Me encuentro mal/estoy agobiada/me duele la cabeza/tengo sueño.- Esas eran las excusas que siempre ponía. No eran exactamente excusas, porque todas esas argumentaciones eran verdad. Lo único que le faltaba a Marian por encontrar era la razón por la cual sentía un vacío más grande día tras día.
Marian se acostaba llorando cada noche, y se levantaba preguntándose por qué lechuguinas lloraba. No lo sabía, no sabía nada, no sabía el porqué de su petrificación generalizada. Pobre de Marian, su situación no era nada fácil. No, para nada.
Después de mucho meditar, Marian llegó a la conclusión de que no se sentía útil. Ni útil, ni querida, ni realizada. Marian fallaba en todo día tras día, Marian no servía para nada. Eso no era verdad, pero ella se sentía así. Marian, Marian, Marian... A Marian le dolía todo. A Marian le dolía la vida.
Sin embargo, había algo que sí que era verdad: Marian había ido perdiendo todo lo que tenía a lo largo de su vida. Hacía tiempo, ella había disfrutado de la felicidad más plena, pero por casualidades del destino, su vida se fue precipitando hacia el vacío en una cuesta vertiginosa.
Vacío... Sí, vacío es la palabra. Marian estaba sumida en el vacío. Perdida, nadando en un mar inexistente de sinsentidos y sentimientos inventados, almas dañadas, ánimos moribundos. Marian estaba vacía, y su propia desesperación la iba aplastando poco a poco. Solo ella podía salir de su situación, nadie podía ayudarla. Pero tenía que encontrar la fuerza para conseguirlo.
Pero es lo que tiene el vacío: que no tiene ni amor, ni esperanza, ni fuerza. No tiene nada. Solo vacío.
Firmado: Marian.
Es imposible. Es imposible vivir así, vivir con esta sensación de vacío en el interior. Es como si me faltara el corazón, o los pulmones, o el estómago, o... todo.
O nada.
Help! I need somebody. Help! not just anybody...
Marian no podía sonreír. Era como si tuviera la boca petrificada, y solamente la pudiera usar para poner ridículos pucheros o para hablar de lo desgraciada que era. Nunca, nunca, inclinaba las comisuras de sus labios hacia arriba. Era imposible.
La gente se solía preocupar por Marian, pero Marian lo único que podía hacer era intentar sonreír y dar abrazos. No articulaba palabra. ¡Pobre de Marian!
- Marian, ¿qué te pasa? Estás como... apagada.- Le solían preguntar sus compañeros.
Era cierto, no había forma mejor de describir su estado: era como si la hubieran desconectado, y como si alguien hubiera escondido meticulosamente el botón de encendido en el interior de su corazón. Pero Marian no lo encontraba, no tenía capacidad para hacerlo: su corazón estaba petrificado, como su boca. Quizá su corazón mandara sobre su boca, lo que explica que no pudiera sonreír.
- Nada, no es nada. Me encuentro mal/estoy agobiada/me duele la cabeza/tengo sueño.- Esas eran las excusas que siempre ponía. No eran exactamente excusas, porque todas esas argumentaciones eran verdad. Lo único que le faltaba a Marian por encontrar era la razón por la cual sentía un vacío más grande día tras día.
Marian se acostaba llorando cada noche, y se levantaba preguntándose por qué lechuguinas lloraba. No lo sabía, no sabía nada, no sabía el porqué de su petrificación generalizada. Pobre de Marian, su situación no era nada fácil. No, para nada.
Después de mucho meditar, Marian llegó a la conclusión de que no se sentía útil. Ni útil, ni querida, ni realizada. Marian fallaba en todo día tras día, Marian no servía para nada. Eso no era verdad, pero ella se sentía así. Marian, Marian, Marian... A Marian le dolía todo. A Marian le dolía la vida.
Sin embargo, había algo que sí que era verdad: Marian había ido perdiendo todo lo que tenía a lo largo de su vida. Hacía tiempo, ella había disfrutado de la felicidad más plena, pero por casualidades del destino, su vida se fue precipitando hacia el vacío en una cuesta vertiginosa.
Vacío... Sí, vacío es la palabra. Marian estaba sumida en el vacío. Perdida, nadando en un mar inexistente de sinsentidos y sentimientos inventados, almas dañadas, ánimos moribundos. Marian estaba vacía, y su propia desesperación la iba aplastando poco a poco. Solo ella podía salir de su situación, nadie podía ayudarla. Pero tenía que encontrar la fuerza para conseguirlo.
Pero es lo que tiene el vacío: que no tiene ni amor, ni esperanza, ni fuerza. No tiene nada. Solo vacío.
Firmado: Marian.
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