Pequeños accidentes que conforman toda la vida. Pequeños accidentes que se convierten, casi sin querer, en accidentes intencionados. Accidentes intencionados cargados de mucha premeditación, pero nada de alevosía.
22.6.11
...
NO, NO, NO Y NO!
JODEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER, nada sale bien nunca!
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No es justo...
18.6.11
Disculpa...
Sí, escucháme, porque te estoy gritando. Te estoy rogando a voz en gritos que dejes de aparecer en mis sueños, por favor...
Porque, como digo yo, así no se puede. Así es tan rematadamente imposible... que se me antoja hasta doloroso.
3.6.11
Un cuento cualquiera
'Un cuento cualquiera'
Aún eran las ocho de la tarde cuando decidió irse a casa, después de dar una de sus charlas esperanzadoras y llenas de vitalidad, grandes contrastes si se tiene en cuenta su ya avanzada edad, su pronunciada vejez, sus marcadas arrugas y su rostro bonachón, amable, despreocupado. Desde siempre había considerado la vida como un cuento. La había basado en una simple metáfora, recurso literario por excelencia, en la que comparaba su existencia con un relato. Un relato con presentación, nudo y desenlace bien definidos. Al fin y al cabo, es una buena forma de entender y simplificar el concepto de vida, complejo y engorroso donde los haya.
A todo el que le preguntaba, en cada charla que daba, aseguraba siempre lo mismo: la vida es un simple cuento, en el cual naces porque has de hacerlo, y, a partir de ese momento, comienzas a tejer tu historia cual araña su tela. Puedes elegir un cuento romántico, de ciencia ficción, de misterio, policíaco, dramático, una divertida comedia o, incluso, tienes la posibilidad de hacer un interesante popurrí de todos ellos, dependiendo de lo que te pida el cuerpo. Una vez elegidas las bases, no hay reglas; tan sólo una: debes vivir al máximo. Todo el tiempo que transcurre desde que elegiste tu historia hasta casi el final de ella, componen el nudo. Se presentan problemas, los resuelves ,te enamoras, te parten el corazón, lloras, ríes, viajas, estudias, suspendes, ganas la lotería, lamentas la muerte de un ser querido, haces amigos, los pierdes, te gradúas en psicología, haces un máster, opositas para policía, das la vuelta al mundo en ochenta días (siguiendo los pasos de tu ídolo Phileas Fogg); o, si así lo deseas, te internas en el centro de la Tierra, sin preocuparte de las altas temperaturas de su núcleo (en esta ocasión te basas en las novelas de tu escritor favorito, Julio Verne); defines tus gustos, enfermas, te curas, saltas, recoges flores, te fracturas un hueso, resuelves dos asesinatos, te haces profesor, pataleas, nadas, haces cincuenta largos y te echas una larga siesta sin importarte tu olor a cloro, duermes, disfrutas, cantas, hablas, juegas, clasificas plantas, VIVES. Todo un abanico de posibilidades a tu disposición, esperando a que tú alces un dedo y, con el poder que te ha otorgado tu mente, elijas el que te venga en gana. Simplemente has de preocuparte de la norma principal (y única, por cierto): vivir. Al máximo, a ser posible.
Una vez has hecho todo lo que has querido y podido, una vez has conseguido inventarte el popurrí más ingenioso de temas para tu cuento y lo has llevado a cabo como el mejor escritor de cuentos que haya, podrás decir que has vivido. Me creas o no, la vida es un cuento, y el proceso de vivir equivale a todas y cada una de las líneas que has escrito para tu relato.
Cuando puedas decir que has vivido, habrás acabado con el nudo de tu historia. Entonces, amigo, no habrás de lamentarte, pues, si bien se acerca el desenlace, podrás asegurar que has cumplido la regla de oro: has escrito el mejor de los cuentos y éste será recordado como tal. En ese preciso instante, cuando te cerciores de todo ello, habrás acabado la larga tarea de tu vida, querido escritor, y el desenlace estará llegando por fin. No te preocupes, tu historia sólo acaba de comenzar a conocerse, lo único que ha ocurrido es que acaba de salir al público tras su larga edición.
Solía esperanzar mucho a todas las personas que acudían a sus charlas, pero él, humilde y bueno como era, decía que esa era su simple forma de pensar; y que si trasmitiéndola podía ayudar a otros, estaba encantado de su labor.
Como he dicho antes, apenas eran las ocho de la tarde cuando llegó a su hogar. En él le esperaban su cómodo sillón, un vaso de leche caliente y reconfortante, y una chimenea deseosa de caldear el salón y todo lo que se le pusiera por delante.
Cuando el viejo se sentó en su sillón frente a la chimenea sosteniendo su vaso de leche en la mano derecha, comenzó a pensar sobre la historia de su vida, el cuento que con tanto trabajo él había escrito. La verdad era que había cumplido la regla de oro: había vivido al máximo, pero le apenaba dejar de escribir. Al fin y al cabo, lo único que había hecho en su vida había sido relatar su propia historia, pero no tendría la ocasión de verla salir al público.
Pasado un rato, al mismo tiempo que el fuego comenzaba a extinguirse y tan sólo quedaban ascuas rojizas en la chimenea, un estruendoso ruido rompió el ambiente de paz que allí había. El vaso había caído al suelo, dejándolo todo lleno de cristales y manchando la alfombra con la poca leche que aún quedaba. El viejo tenía los ojos cerrados, no había indicios de que respirara. Era lo único que le quedaba. Descansar. Para siempre.
Su último pensamiento le causó la expresión de horror que quedó grabada en su rostro, ahora frío, inmóvil, sin vida. Antes de poner punto y final a su relato, el viejo cayó en la cuenta de que todo no era como él creía; y es que en ocasiones su historia se veía regida por algo, completamente desconocido para él. Cayó en la terrible realidad de la gran mentira en la que había vivido, o en la que había basado sus historias.
Alguien de naturaleza desconocida dictaba las líneas que él escribía, las acciones que él realizaba. Ponía en su boca las palabras que él iba incluyendo en su historia, controlaba su trabajo. Se cercioró de que, fuera quien fuera aquél ser, se trataba de un escritor como él, y estaba relatando el cuento de su existencia, la historia que él creía que estaba realizando con el esfuerzo de toda una vida. Es más, alguien estaba dirigiendo su vida. Alguien fue en algún momento su creador, alguien estaba acabando con él en aquél mismo instante.
¿Que cómo lo sé? No nos centremos en preguntas absurdas. Simplemente habréis de saber que el viejo, lo único que hizo, fue escribir su historia tal y como él quiso, y el desenlace llegó en el momento en el que debía llegar. Él simplemente había acabado un cuento, su cuento.
Y yo, también.
2.6.11
sentimientos enlatados
Es imposible. Es imposible vivir así, vivir con esta sensación de vacío en el interior. Es como si me faltara el corazón, o los pulmones, o el estómago, o... todo.
O nada.
Help! I need somebody. Help! not just anybody...
Marian no podía sonreír. Era como si tuviera la boca petrificada, y solamente la pudiera usar para poner ridículos pucheros o para hablar de lo desgraciada que era. Nunca, nunca, inclinaba las comisuras de sus labios hacia arriba. Era imposible.
La gente se solía preocupar por Marian, pero Marian lo único que podía hacer era intentar sonreír y dar abrazos. No articulaba palabra. ¡Pobre de Marian!
- Marian, ¿qué te pasa? Estás como... apagada.- Le solían preguntar sus compañeros.
Era cierto, no había forma mejor de describir su estado: era como si la hubieran desconectado, y como si alguien hubiera escondido meticulosamente el botón de encendido en el interior de su corazón. Pero Marian no lo encontraba, no tenía capacidad para hacerlo: su corazón estaba petrificado, como su boca. Quizá su corazón mandara sobre su boca, lo que explica que no pudiera sonreír.
- Nada, no es nada. Me encuentro mal/estoy agobiada/me duele la cabeza/tengo sueño.- Esas eran las excusas que siempre ponía. No eran exactamente excusas, porque todas esas argumentaciones eran verdad. Lo único que le faltaba a Marian por encontrar era la razón por la cual sentía un vacío más grande día tras día.
Marian se acostaba llorando cada noche, y se levantaba preguntándose por qué lechuguinas lloraba. No lo sabía, no sabía nada, no sabía el porqué de su petrificación generalizada. Pobre de Marian, su situación no era nada fácil. No, para nada.
Después de mucho meditar, Marian llegó a la conclusión de que no se sentía útil. Ni útil, ni querida, ni realizada. Marian fallaba en todo día tras día, Marian no servía para nada. Eso no era verdad, pero ella se sentía así. Marian, Marian, Marian... A Marian le dolía todo. A Marian le dolía la vida.
Sin embargo, había algo que sí que era verdad: Marian había ido perdiendo todo lo que tenía a lo largo de su vida. Hacía tiempo, ella había disfrutado de la felicidad más plena, pero por casualidades del destino, su vida se fue precipitando hacia el vacío en una cuesta vertiginosa.
Vacío... Sí, vacío es la palabra. Marian estaba sumida en el vacío. Perdida, nadando en un mar inexistente de sinsentidos y sentimientos inventados, almas dañadas, ánimos moribundos. Marian estaba vacía, y su propia desesperación la iba aplastando poco a poco. Solo ella podía salir de su situación, nadie podía ayudarla. Pero tenía que encontrar la fuerza para conseguirlo.
Pero es lo que tiene el vacío: que no tiene ni amor, ni esperanza, ni fuerza. No tiene nada. Solo vacío.
Firmado: Marian.